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Calendario Fundación 2016

NUESTRA TÍA HYPATIA

Me quedé quieta para escuchar mejor. Me pareció oír la melodía. A veces me ocurría y solo sonaba en mi imaginación. Me acerque al móvil despacio, muy despacio, y la oí otra vez. Esta vez sonaba de verdad. No podía moverme, sabía que seguiría sonando hasta que enviase un whatsapp confirmando que la había escuchado.

Sentí que se apagaban las luces y los colores en mi interior. ¿Cómo se pueden extinguir las luces más brillantes, luminosas y claras? Es verdad que las estrellas fugaces se disipan por San Roque, pero dejan una estela visible durante varias generaciones. ¿Realmente se apagan para siempre? ¿O seguirán brillando entre nosotros cuando no las vemos? Entonces la iluminaremos con su luz, que juntos reflejaremos, pensé.

Años atrás habíamos creado un grupo en whatsapp que llamamos Primada y a través de él nos hemos convocado para el día D, del año Ñ y cumplir así con la promesa que solemnemente realizamos. Todos sabemos lo que significa la melodía. La inventamos y programamos en nuestros móviles solo para este fin. En 48 horas nos hemos de reunir en casa Colinas.

Uno de mis primeros recuerdos, tenía siete años como mis primas Anairda y Ammeg, fue cuando descubrimos que el musgo, que indica el Norte dijo Anairda, servía de colchón para acomodar las figuras principales del Belén. Lo recogíamos con sumo cuidado, en la calle de atrás de la casa de los abuelos, porque el musgo es resistente pero muy frágil y suave, y lo depositábamos amorosamente en una cajita de madera que nos servía de contenedor para transportarlo hasta el lugar donde ubicábamos el Belén, en el baúl grande de madera maciza, que tenía una tapa muy pesada que no lográbamos levantar. Teníamos entonces las más pequeñas 7 años y las mayores contaban con la mayoría de edad. Esto lo digo en femenino, porque somos mayoría. Ya sé que les molesta un poco a los primos, pero la mayoría es la mayoría.

NiscalosAquel año nos fuimos a buscar piñas a los pinares de las colinas tras los montes, para pintarlas y decorar la navidad. Llevábamos una bolsa cada una para recoger del suelo, aquellas que fuesen más bonitas, no importaba que fuesen grandes o pequeñas. ¡Algunas tenían piñones! y era fantástico porque pensábamos que los gorriones nos las habían dejado para nosotras. PinosSeguimos nuestro camino buscando las más hermosas y nos encontramos con los níscalos, esos hongos de color anaranjado pálido por arriba y de color más fuerte y laminados por la parte posterior. Fue la primera vez que los vimos y los reconocimos para siempre, y desde entonces nos encanta ir por los pinares a buscar níscalos. Nos perdemos entre los árboles y para encontrarnos hablábamos alto, y nos llamamos a gritos, y a veces también nos agachamos para vernos entre los troncos y saber dónde está cada cual.

Hacía unas horas que habíamos llegado los primeros primos, los que vivimos más cerca. Como hacía frío, encendimos la chimenea y colocamos unos troncos de encina para ir caldeando la casa. Los demás estaban viajando. Todos acudirían a la cita. Algunos venían de lejos y llegarían justo a tiempo, pero en el límite.

Nos habíamos ido colocando alrededor de la chimenea y casi sin darnos cuenta comenzamos a rememorar anécdotas a contarnos historias y recuerdos de aquellos veintiún días inolvidables que pasamos juntos cada año, sin padres, y así durante varias décadas.

–Aunque era otoño aquel año del Belén –proseguí–, fuimos al río en busca de arena, unos cantos rodados y agua para nuestro Belén. Y allí tía Hypatia nos contó la historia de la trasformación del agua. ¿La recordáis? Ella nos decía: «siempre estamos cambiando, hay que aprender a adaptarse, porque no somos los más fuertes, pero sí los más flexibles. La esencia de cada uno no cambia, pero hay que estar siempre alerta. Hay que aprender, aprender a desaprender y volver a aprender».

Mapa–Yo aún sé de memoria –dijo entonces Aicila– la poesía que repetimos una y mil veces a lo largo de muchos años. Me la enseñó siendo bien pequeña.

Y con voz suave pero firmé comenzó Aicila:

–¿Quién es su autor?
Y todos contestamos:
–León Felipe
–¿Cómo la tituló?
Y respondimos:
–Revolución.

Y al unísono como una letanía comenzamos a declamar:

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Siempre habrá nieve altanera
que vista el monte de armiño
y agua humilde que trabaje
en la presa del molino.

Siempre habrá un sol también
un sol verdugo y amigo
que trueque en llanto la nieve
y en nube el agua del río.

Nos quedamos en silencio unos segundos, cada uno con sus recuerdos al calor de la chimenea. Ensimismados con el fuego, que jugaba con el aire.

Entonces el primo Leugim se puso en pie y emocionado nos relató que también al lado del río, pero de otro río, cuando el solo tenía cinco años y volvía andando del colegio, observó al cruzar el puente de hierro cómo las nubes se reflejaban en el agua como si fuese un espejo, sabiendo ya entonces que “todo lo que está arriba se refleja”.

Estrella–Así lo aprendí, pero nunca supe dónde. Pero no lo he olvidado porque la Tía se ha encargado de recordármelo.

De noche nos gustaba ver las estrellas y la luna, sobre todo la luna llena reflejada en el río, o en el cielo o en cualquier otro lugar. Ella le pedía un deseo, uno cada mes y siempre su protección.

Leugim es de ciencias y siempre le interesó más la astronomía que la astrología, aunque conocía bien las estrellas y las constelaciones familiares, Leo, Aries, Géminis, Cáncer (que es cangrejo), Virgo, Sagitario y Piscis. Nos tumbábamos en verano sobre el césped, apagábamos las luces y el cielo limpio y estrellado se mostraba ante nuestros ojos ávidos de encontrar nuestra constelación. Todos sabíamos reconocer además la Osa Mayor y la Menor y la preferida de Hypatia, Casiopea.

Sistema Solar–Yo creo que recuerdo la historia que se había inventado y recitaba para que recordáramos los planetas del sistema solar ordenados por tamaño, nos contó el primo Ogeid.

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Era algo así: «El amarillo SOL de verano puede hacer añicos, lo mismo le da un termómetro que una bombilla para vestir de gala con plateado MERCURIO a VENUS, nuestra diosa del amor. Ella y MARTE, el dios guerrero, veranean en la TIERRA que les queda en medio del camino a ambos. Allí se conocieron y se enamoraron y un día de pelea, que siempre los hay, apareció JÚPITER, jefe de todos los dioses, asustado por el barullo que estaban formando. Mando llamar al roquero SAURON, a SATURNO, URANO y NEPTUNO para aplacar tanto ruido. El pequeño PLUTÓN al enterarse de la noticia saltaba de alegría sabiendo que cuando llegara el tridios SAURON la fiesta no cesaría hasta el amanecer».

Anitsirc, que es la prima mayor, entró en ese momento y entendió nada más vernos lo que estábamos haciendo, y después de saludar con dos besos bien sonoros a cada uno de nosotros, nos contó que para ella fue importante una conversación que había tenido con la tía cuando acababa de estrenar su mayoría de edad.

Planeta tierra–Yo le decía, poniéndome antes la sonrisa que ella me había regalado: «cuéntame cómo es ese mundo que visitas, cuéntame historias de las que vives. ¡Tía quiero viajar, conocer gente, quiero aprender otras lenguas, ver otras culturas, quiero volar, quiero vivir…!». Me sentía mayor con mis dieciocho años recién cumplidos, el tiempo se me hacía eterno, el mundo que conocía se me quedaba pequeño. Tuve que insistir aquella vez, estaba pintando y se concentraba en exceso como para hacer dos cosas al mismo tiempo, pero dejó los pinceles en trementina, se quitó los guantes y me dijo. «¿Vamos a darnos un paseo?». Y nos fuimos. Esa fue la primera vez en que la tía me preguntó: «¿Quieres recorrer el mundo?» «Claro, claro», dije yo. «¡Quiero viajar como tú!»

»¿Y sabéis lo que me dijo? –nos reveló Anitsirc–: «Mira abajo, lo tienes bajo tus pies. Los caminos no están trazados, cada uno va construyendo el suyo. Se hace el camino al andar, decía Antonio Machado. Los caminos pueden ser como árboles de conocimiento, con su tronco, sus ramas principales, otras secundarias más pequeñas y estrechas. Y a veces están las hojas que los visten y adornan y otras veces los dejan a la intemperie. No busques el tener, sino el ser. Lo que tienes lo puedes perder, lo que eres, nunca», repetía una y otra vez. «Ya, ya le dije, pero tú has viajado mucho, conoces a mucha gente bien distinta y sabes un montón de cosas. Yo, la verdad, no sé por dónde empezar».

»Y su respuesta como siempre no se hizo esperar: «Si he logrado ver más lejos, es porque me he subido a hombros de gigantes, como diría Isaac Newton. Hay que ser atalaya para poder mirar lejos».

»Hypatia, lo recuerdo perfectamente –siguió Anitsirc– me dijo: «para enfrentarte a un gran problema, divídelo en partes, siempre es más manejable. Comienza por viajar en tu ciudad, descúbrela por ti misma, observa a las personas en la calle, a la salida del trabajo, en los museos, en los centros comerciales. Ve a los hospitales, a los albergues, hazte voluntaria, ayuda a los demás y te ayudarás a ti misma. Conocerás muchas vidas y realidades distintas a la tuya. Sonríe, sé agradecida, haz favores y usa palabras bonitas que ya sabes que abren los cajones donde guardamos el corazón. Después, viaja a otra ciudad próxima, conoce sus calles, sus gentes, su aroma, su mercado, su cementerio, su música... Cada pueblo o ciudad tiene su personalidad, siempre son diferentes. Disfruta organizando el viaje y vívelo como si fuese la última vez que podrás visitarlo. No te crees grandes expectativas- siguió aconsejándome- porque se podrán convertir en pura decepción. Solo ilusiónate, abre tus ventanas y empápate de todo lo bueno que te encuentres. Y cuando puedas, ve un poco más lejos y continúa viajando. A veces no hay que ir muy lejos para entender el mundo, solo abrir bien los ojos y los oídos».

Qué buenos fueron esos veintiún días que cada año pasábamos juntos, sin padres, sin deberes, sin demasiadas obligaciones. Solo aprendiendo a vivir.

–¡Cuánto lo echo de menos! –dije yo–. «Vivir», nos decía siempre, «es enfrentarse a los miedos. Todos tenemos los nuestros. Estamos aprendiendo y acumulando conocimiento a lo largo de toda la vida, y la experiencia propia nos da seguridad y confianza ante los nuevos retos que lograremos queriéndonos a nosotros mismos. Hay que vivir de acuerdo con el argumento vital que cada uno edifica en su interior, que irá modificándose en la medida que vayamos creciendo, adaptándose como un corsé, pero que no nos apriete hasta ahogarnos».

Fue entonces cuando la prima Mairym se levantó, con lágrimas en los ojos y nos dijo:

–¿Queréis que prepare una infusión de esas que huelen a países exóticos, a flores silvestres y saben cómo a dioses? ¿Os apetece?

–Sí, síííí – contestamos al tiempo.

Teatro–Os estáis poniendo un poco melancólicos –dijo Mairym–. Recordad también las risas, los juegos, los disfraces, los cánticos, los bailes. Nos hemos divertido mucho, no solo en el río, también en el lago, en las excursiones. Hacíamos teatro inventándonos historias, y siempre teníamos de fondo un hilo musical que creábamos cada año aportando cada uno nuestras canciones preferidas.

De pronto, nos miramos y comenzamos a canturrear la canción del “Pelo Largo” y Mairym se fue a hacer la infusión, nunca le gustó aquella canción.

Nos estuvimos riendo un buen rato, y la prima Aras nos recordó que hubo un verano que lo dedicamos a las palabras, al lenguaje hablado y el gestual. A las voces y los silencios. A los gestos y las miradas. A los tonos de voz, los gestos y las muecas.

–Palabras como «susurrar», «chasquido», «tictac», «rasgar», «rin-rin», «bla-bla-bla» son palabras ¿Cómo se llamaban? –preguntó la prima Aras–. Un positivo para quien acierte.

-Onomatopeyas, porque están formadas por la imitación de su sonido –dijeron Ammeg y Anairda.

En ese momento Ailec levantó la mano para pedir la palabra, porque se había preparado un revuelo impresionante, hablando todos a la vez, cada uno recordando aquel verano cultural, de palabras, teatro, acertijos, trabalenguas, del doble sentido de las palabras, o de palabras que contienen otras como por ejemplo ZamorA.

Ailec continuaba con la mano alzada, pidiendo la vez para hablar y ser escuchada, y así estuvo varios minutos hasta que, por fin, fue poco a poco descendiendo el volumen de la voz, siempre un poco alto, es uno de nuestros defectos. Estaba un poco acatarrada, había cogido frío la noche anterior en el hospital y casi no podía hablar. Y dijo bajito, muy bajito y ¿Qué pasa con los aforismos, os habéis olvidado? Eran geniales y muy ilustrativos.

Aprendimos aquel verano muchos aforismos, pero a Hypatía le gustaban especialmente los de Khalil Gibran. Los buscamos en internet y cada uno de nosotros memorizaba y explicaba a los demás el que había elegido. Siempre nos insistía en que la mejor manera de aprender es enseñando a otros.

Y fue en ese mismo instante cuando comenzamos una rueda de aforismos, que aprendimos aquel lejano verano y que volvían de regreso a nuestras mentes ahora, vertiginosamente, mientras poníamos la mesa grande, la que está frente al baúl de los deseos pendientes. Fuimos poniendo las tazas, cada uno la suya, las cucharillas, la miel de brezo y las rosquillas de las monjas, y cada uno entonaba su aforismo preferido.

-«Para entender el corazón y la mente de una persona, no te fijes en lo que ha hecho, no te fijes en lo que ha logrado sino en lo que aspira a hacer». Este ha sido valioso en mi vida –dijo Leugim.

-Ha llegado una mariposa a mi memoria –dijo la prima Aras– “En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante y, detrás de cada noche, viene una aurora sonriente”.

–Siempre me pareció muy bello ese aforismo Aras –dijo Anaid, que no había abierto aún la boca. Acababa de llegar desde Singapur.

Por fin, estábamos los once, podía comenzar la reunión y cumplir con nuestra promesa.

Anaid llegaba un poco cansada, con hambre como siempre, pero antes de comenzar con las rosquillas, dijo en voz alta, raro en ella:

–“En el rocío de las pequeñas cosas, el corazón encuentra su mañana y toma su frescura”. Este es el que yo aprendí.

Mairym llegó en ese momento con las infusiones y hablamos durante un buen rato de nuestras vidas más recientes, de nuestras ilusiones, trabajos, problemas, de nuestras familias, en fin un poco de todo, hasta que Ailec, después de recuperar un poco la voz con unas gárgaras de miel y limón nos informó del motivo por la que nos reuníamos. Fue ella la primera que se había enterado de la noticia, y puso la melodía en marcha.

–Tía Hypatia –nos dijo Ailec– ha sufrido, como bien sabéis, de nuevo un ictus o infarto cerebral. Los médicos nos han informado que la situación es crítica y que hay que esperar al menos 48 horas para ver su evolución, pero las secuelas creen serán importantes. Es bastante probable que precise de ayuda para dirigir su vida, a partir de ahora.

»Hemos de ser valientes, como ella nos enseñó –continúo Ailec–. Ya cuando sufrió el primero nos dijo que, si algún día se encontraba en una situación límite, buscásemos en el baúl de los deseos pendientes un pergamino manuscrito por ella, envuelto en la bandera de la libertad, donde nos indicaba sus últimas voluntades, sus últimos deseos, en fin su testamento vital.

»Hace años hicimos una promesa que hoy vamos a cumplir, haremos lo que la tía nos ha pedido. Vamos a ver lo que nos ha dejado escrito. ¿Estamos todos de acuerdo? –preguntó Ailec.

Todos asentimos. Ailec siempre ha sido una gran organizadora y continuó exponiendo la situación. Nos planteó si deseábamos esperar un tiempo para ver el desenlace, o debíamos conocer lo que la tía había dispuesto para esta etapa de su vida.

Decidimos buscar el pergamino de la tía Hypatia en el baúl, aquel que nos resultaba tan pesado cuando éramos niños, donde cada uno teníamos escrito los deseos aún por cumplir en su propio pergamino que cada año renovábamos, lacrábamos y guardábamos en aquel gran baúl.

Encontramos el pergamino cuidadosamente envuelto en una tela blanca suave como la seda y lacrado con nuestro sello familiar, como los del resto.

Abrimos el pergamino y -Ailec, dijo:

-¿Qué os parece si la prima Aihan lo lee? Tiene buena voz.

Leí, con el estomago encogido, lo que allí estaba escrito de su puño y letra:

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–Mis queridos sobrinos: Llegados a esta encrucijada, os he de contar el secreto de mi felicidad. Me encuentro ya en el invierno de la vida, soy muy vieja. Esta estación es de reflexión, entendemos las cosas de otra manera y las prioridades cambian. Es una etapa serena si la vives tomando conciencia de dónde te hallas. No tengáis miedo de llegar a ser viejos, es la mayor fortuna. Hay que vivir cada estación, de niños vivimos el verano al calor de la familia, más tarde se inicia la primavera, el nacimiento de nuevas energías, proyectos, experiencias, después, llega el otoño, donde ahora os encontráis, que es muy bello si no os empeñáis en vivirlo en bikini.

Debéis memorizar lo que os dejo escrito, porque ya sabéis que uno es lo que recuerda.

Para ser feliz se precisa de poco, lo suficiente para cobijarse, alimentarse, vestirse, acceder a la educación, a la sanidad, a los servicios sociales, tener libertad de pensamiento aunque sea para equivocarse, no renunciar nunca a los derechos, acceder a la cultura, al ocio, y tener un poco de reserva en la cartera y tiempo, tiempo para saborear la vida.

Para llegar vivo hasta el final, se precisa ilusión, actitud, hábitos, valores y una mirada llena de colores. No olvidéis el significado de estar vivo y ser humano.

Hay que ser explorador, vivir la vida con curiosidad, como si todo comenzase cada día. El verdadero tesoro solo se encuentra si no se está buscando. La lección secreta es encontrar lo que no buscas.

Una vez lo hayáis memorizado, dejaréis el pergamino extendido a la luz de las estrellas y la luna y lo recogéis a la mañana siguiente, transcurridas al menos siete horas.

Así lo hicimos, lo memorizamos, y lo extendimos en una mesa a la luz de las estrellas y la luna, que en esa fría noche de invierno parecía que brillaban con más intensidad que nunca.

Tardamos en dormirnos, estábamos un poco nerviosos como cuando éramos niños y nos íbamos a ir de excursión.

A la mañana siguiente, como habíamos quedado, nos levantamos pronto, a las siete de la mañana. Había caído una helada regular, y salimos en pijama, helados de frío, nos acercamos al pergamino expectantes, para ver lo que había ocurrido.

Cuál no sería nuestra sorpresa cuando descubrimos que aquellas palabras manuscritas que había leído en voz alta habían desaparecido, posiblemente por efecto de la humedad, y en su lugar había un nuevo texto. Este estaba escrito con máquina de escribir.

Lo recogimos con mucho cuidado, se había endurecido por la helada, y el texto apenas se podía leer. Lo llevamos a la gran sala con chimenea, que habíamos dejado encendida. Se depositó sobre una mesa, y todos alrededor intentábamos leer lo que allí iba apareciendo a medida que el hielo se evaporaba.

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ESTE ES MI TESTAMENTO VITAL

 

Quiero que respetéis lo que aquí os dejo escrito. Este es mi último deseo pendiente y sé que lo cumpliréis.

Quiero llegar al final de mi vida con toda la dignidad, porque morir es parte de la vida y, hasta que no se acaba todo, es vida.

He vivido lo suficiente y acepto sin miedo mi destino final. No deseo que se alargue mi vida innecesariamente. Lo vivido, vivido está.

Si en algún momento pierdo el control de mi propia vida, deseo que mis padrinos seáis vosotros, mis sobrinos, que os he sentido como los hijos que no tuve.

Hace años unos amigos y yo constituimos una Fundación para dar respuesta a estas necesidades, se denomina Fundación Padrinos de la Vejez. Está previsto en sus estatutos que todos vosotros, si así lo consideráis, seáis cofundadores de la misma.

Esta organización, que ya está en funcionamiento, se encargará de todos mis cuidados, y a vosotros os pido, lo más importante: vuestro afecto, vuestras sonrisas, vuestra atención, vuestros besos y abrazos, y vigilad que esta institución haga el trabajo para el que ha sido creada.

A las personas que apadrine esta Fundación se les ha de respetar su guión de vida, sus deseos y voluntades, aunque no puedan expresarlo. Miradles a los ojos con amabilidad y ellos os dirán cómo se sienten. Cuidad de los débiles.

Gracias sobrinos por la vida que hemos compartido. Siempre estaré a vuestro lado. Vuestros deseos serán órdenes para mí.

Fdo. Hypatia

Se nos caían las lágrimas de emoción, pero estábamos contentos porque, hasta en la parte final de su vida, dejó escrita la solución.

Juntamos nuestras manos haciendo una gran columna y prometimos en voz alta apadrinar o amadrinar a todas las tías Hypatias que nos lo pidieran.

Nuestra tía, nos dio sus claves para atrevernos a vivir. Una vez escribió en un muro “Imagina un sueño y atrévete a vivirlo”. Allí sigue, como su luz, que no se apagará mientras brille en nuestros corazones.

Autora: Ana Isabel Esteban Martínez